tiempo de verano, buen tiempo para tumbar el tiempo

iniciamos una conversación con unas reglas extrañas, y unos elementos que pretenden que esas reglas sean visuales para todas las personas que participamos de la conversación, y que lo implícito sea explícito, con la ayuda de,

  1. un reloj de arena, que marca cuánto dan de sí 3 minutos,
  2. unos macarrones verdes, que marcan el número máximo de participaciones por persona, y que limitamos al número de 3,
  3. unos macarrones rojos, que marcan las posibilidades que cada persona tiene de advertir a otra de las personas participantes que no está siendo fiel a las reglas pactadas, cada una tenemos 2 macarrones,
  4. y un quesito de colores  que nos sirve para identificar quién es la persona que tiene la palabra,

y establecemos las reglas de la conversación, la propuesta es que nuestras intervenciones surjan de nuestro corazón, no de nuestra cabeza, por lo que vamos a empezar por una ronda de intervenciones individuales,

somos 7 personas, por lo que pueden existir 7 aportaciones relacionadas con el tema, antes de esa segunda ronda, ya libre, que nos va a permitir relacionar lo que yo traigo, mi historia, en relación con el tema, y con lo que otras personas aportan,

y cómo esas aportaciones mueven mi mundo emocional, y cómo soy capaz de calentar y devolver ese movimiento, si toca, en el curso de una conversación en la que no estoy sola, otras personas también pueden estar interesadas en participar,

en este ejercicio que pretende, mediante esta dinámica, generar una conversación que nos permita pasar de nuestro mundo emocional, tan rico y potente, hacia una conversación generativa, con un nivel de energía superior,

en la que nuevas realidades aparecen, no estaban ahí cuando llegamos, y tal vez nos acompañan cuando cerremos la puerta, una vez hayamos consumido los macarrones, y nuestros turnos de intervención.

   así lo vimos…

comentarios al viento, sobre cómo transcurre la conversación

El proceso, tan sencillo, en el que tomo la palabra, cogiendo el queso, aportando mi macarrón verde al centro y volteando el reloj de arena, resulta relativamente ortopédico, no diría que es imposible pero nos cuesta.

No hemos terminado la primera ronda de aportaciones de inicio, e Idoia, que ya ha intervenido, tiene la necesidad de volver a hablar, y hacemos un stop, quizás demasiado largo para explicar por qué no deberíamos intervenir ahora por segunda vez.

Una vez cerramos esta intervención, el nivel de la energía ha bajado un poco, y Gaizka y Maite, las dos personas a las que les falta intervenir, se resisten, no han entendido, tal vez no lo he explicado bien, que la primera ronda, de aportaciones libres, es obligatoria, antes de realizar las intervenciones cruzadas, en las que empezamos a elaborar cómo me mueve lo que ésta o aquella persona ha compartido en el grupo.

Una vez cerrada la primera vuelta, observamos cómo hemos hecho tres excepciones a las reglas, un turno ha durado más de 6 minutos, hemos volteado dos veces el reloj de arena, y Maite, que tiene la palabra, no toma conciencia del tema.

En otro caso, Elena ha utilizado el macarrón rojo explicitando la regla contravenida, cuando lo que trata el macarrón rojo es de aportar ese punto de conciencia sin introducirnos en el juicio o crítica hacia la otra persona, sin mediar palabra,

todo parece indicar que cuando explicitamos lo negativo, o esa llamada de atención relativa a las reglas, nuestro objetivo es elaborar desde las emociones, no desde la cabeza, y acompañamos esta llamada de atención con palabras, la energía baja.

En uno de los stops que hacemos para comentar este aspecto, Elena se molesta conmigo, parece no aceptar que esa llamada de atención tenga un juicio por su parte, y mi observación está fuera de lugar.

Yo, después de decirle a Elena que no deberíamos explicitar el por qué del macarrón rojo, he hecho lo mismo con Maite, porca miseria, acabo de contravenir la regla que acabo de explicar.

En un momento del camino, una de nosotras tumba el tiempo, ¿es Iban?, y surge una conversación más natural, en un formato en el que nos sentimos más libres, pero con el tiempo tumbado dejamos de mover también los macarrones,

y se reproducen viejos defectos de nuestras conversaciones, personas más activas con turnos recurrentes de palabra, más largos, y a veces más des-conectados de la emoción que provoca lo que la otra persona me trae, y qué se mueve en mí,

volvemos a hablar desde la cabeza, al menos ésa es mi impresión, desde lo que yo soy y lo que traigo puesto, y personas con turnos cortos o que prácticamente des-aparecen de la conversación.

en la valoración final de la dinámica hay un poquito de todo, pero creo que no hablamos de la extraña sensación de alivio que nos produce haber tumbado el tiempo, ni por qué hemos dejado de contar nuestras intervenciones con los macarrones,

pero es curioso que Iban señale que no entendía del todo el objeto del macarrón rojo, el de la advertencia, tal vez llamarlo juicio es exagerado, el que ha tensado en un punto del camino la comunicación,

y que él se habría puesto a sí mismo un macarrón rojo, qué bueno que el observador ha aparecido, se ha hecho presente en la conversación, que ahora entiende los macarrones rojos, y los volvería a utilizar.

y me quedo con ganas de repetir el ejercicio para ver cómo se mueve esta dinámica, con las mismas personas, con otro tema de base, con pequeñas modificaciones, para poder evaluar cómo la práctica ayuda al maestro,

llevamos años de debates, de interrupciones, de monólogos compartidos, jugando al  yo-yo-yo, de comunicación mental, tal vez nos podemos regalar una segunda y una tercera oportunidad.

y recontacto con los 4 reinos, y con ese ejercicio que queremos potenciar, del mundo animal, del nivel emocional, el tercer nivel, al mundo del ser humano, con las características que nos hacen tan diferentes, y nos permiten este tipo de comunicación.

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